Nada es tan importante porque un día no estaremos.
Son las diez de la noche. Parpadea la luz cálida del pasillo. Sólo la luz cálida del pasillo. En el resto de la casa, oscuridad.
Guardo la baraja de cartas en el sobre arrugado y garabateado por mis primos cuando eran pequeños. Repaso con los dedos el relieve de los dibujos. Se escucha el silencio y los muelles de la cama de mi abuelo. Mi padre lo está acostando.
Abro el armario de donde recuerdo haberlas sacado, pero antes doblo el sobre ligeramente, el pliegue ya formado por los años obedece y se recoge sobre sí. Pienso en cuántas manos habrán barajado esas cartas.
Alargo la mano al interior del armario y rozo con los dedos la tapa dura de uno de los álbumes cuidadosamente apilados. Siento en mis yemas el dolor del paso del tiempo. Mi abuelo tose al otro lado del pasillo y mi padre le murmura algo que no entiendo.
Cierro el armario.
Escucho los pasos apresurados de mi padre, que se acerca al marco de la puerta del comedor. Ya está, me dice. ¿Ya está? Asiento con la cabeza y procuro recoger rápido mis cosas. Me pongo torpemente la chaqueta mientras deshago los pasos de mi padre. Asomo la cabeza a la habitación oscura donde reposa el cuerpo arropado de mi abuelo. Nos vamos, yayo, le digo. Él mira el techo porque no puede moverse. Vale, responde. Suena la tela del plumón que acabo de abrocharme y me detengo unos segundos a repasar la silueta de su cuerpo bajo las sábanas.
Sé que morirá.
El pensamiento interrumpe el recorrido de mi mirada, que ahora se posa sobre la puerta de la habitación contigua, donde toda la vida habían dormido mis abuelos. Juntos. Desde que mi abuela murió, mi abuelo no ha vuelto a arroparse en esas sábanas. Ahora es un hombre mayor que mira el techo oscuro de un cuarto que nunca fue suyo. Y oye a lo lejos la voz de su nieta, que se despide y le desea buenas noches.
Pero un día... pienso. Aprieto el interruptor de la luz y dejo de ver su silueta. Sé que continúa mirando al techo, que aún no ha cerrado los ojos. Lo sé. Aunque no lo veo.
Mis pasos se alejan apresuradamente del cuarto, y pasillo abajo le grito te quiero y escucho su fino hilo de voz responder yo también, casi como si no estuviera acostumbrado a decirlo.
Agarro el pomo de la puerta del recibidor, mi padre ya está fuera. Antes de cerrarla apago la última luz y vuelvo a gritar buenas noches y escucho, de nuevo, más lejos, la voz flojita de mi abuelo responder buenas noches. Y el golpe seco de la puerta.
Ya está.
Me quedo quieta unos segundos mirando la madera oscura y brillante de esa puerta. Pienso en mi infancia. En las manos de mi abuela apoyadas en el marco.
En el olor de aquella casa aquellos años, que para mi fueron todos los años. Y los únicos. El olor a café y a pan tostado por las mañanas y el suave tacto de la bata de mi abuela. En los ojos azul cielo de mi abuelo, siempre tan tranquilos y silentes. Por un momento, logro oler el perfume que usaba cuando éramos pequeños. Ya no ha vuelto a usarlo.
Vamos, dice mi padre, unos escalones más abajo.
Siento el vaivén de mi pecho. Una respiración que pesa y pesa. Acaricio con los ojos el pomo de la puerta una última vez y pienso en mi abuelo. Y me pregunto si aún seguirá mirando el techo.
Si a él también le pesará este silencio.

