Veinticuatro de marzo
Ya tiene fecha, dice mi padre sin hacer contacto visual con ninguno de nosotros. El veinticuatro de marzo.
Callamos.
Diez días antes de su cumpleaños, murmura para sí.
Miro a mi padre. ¿No ha dicho nada más?
No.
Insisto: ¿nada?
Por él se iba mañana.
Callamos.
El veinte de marzo, pienso.
Al menos tiene ilusión por celebrar su cumpleaños, musita mi padre.
Mi madre llora en silencio, se limpia las lágrimas con las mangas de la bata.
Callamos.
El balcón está abierto. Se escucha el piar de unos pájaros. Pienso en mí con ocho años llegando a casa de mis yayos con mi hermano. La sonrisa enorme, ancha, que tan extraña se me hacía, en el rostro de mi abuelo, enseñándome una pequeña jaula. Dentro, un pajarito.
Está más contento con su pájaro… dice, de fondo, mi abuela. Oigo los platos que lava en la cocina.
Miro la jaula y la toco, intento colar un dedo dentro, entre los barrotes. El pájaro se arrincona en el lado opuesto. Mi abuelo ríe.
Han pasado trece años.
Pienso en nochebuena.
Quizá sean las últimas navidades que pases con tu abuelo, dice mi padre.
Los ojos tristes de mi abuelo. Esa casa, sin luz, sin vida. El olor a humedad.
Todos extrañamente felices. Pero tristes.
¿Tienes hambre? Le pregunto a mi abuelo. Me mira, con los ojos rojos, y tarda en contestar: ¿hambre? y bufa.
Vuelvo trece años atrás.
No tiene comida, le digo, con la punta del dedo, diminuto, aún dentro de la jaula.
Ah, sí, contesta y sonríe, vamos a darle de comer.
Sacamos la jaula a la mesa de piedra del balcón. Mi hermano ayuda a mi abuelo a sacar la pieza dónde poner el alpiste.
Pon la mano ahí, para que no se vuele, me indica.
Se le cae un poco de alpiste fuera del potecito, me agacho para recogerlo. Mi hermano grita y me giro.
Veo el pequeño pajarito salir por el agujero. Y echa a volar.
Nos quedamos en silencio. Miro el alpiste en mis manos y luego a mi abuelo a los ojos.
De inmediato, borbotones de lágrimas comienzan a acariciar mis mejillas. Lloro, lloro y me tapo los ojos.
Él niega con la cabeza y me mira: no pasa nada, me dice, con su mano en mi hombro.
Pero yo no dejo de llorar.
A lo mejor vuelve, miente. Levanto los ojos hacia él y sorbo mi nariz.
¿Sí?
Él asiente.
Pero nunca volvió.
Es veinticinco de enero, hace siete años que murió mi abuela.
En dos meses estaré de nuevo a los pies de un ataúd.
Solo siento el silencio en la piel.
Mi padre se limpia las lágrimas.
Mi madre mira por el balcón.
Los miro como se miran en silencio. Pienso en qué pensarán. En qué recuerdo vendrá a su mente. En si coinciden y se lo leen en los ojos.
Hay amor en la tristeza compartida.
La memoria.
Una lágrima acaricia mi mejilla, lenta y torpe.
¿Qué habrá después de la muerte?
Silencio. Solo silencio.
¿Dónde estará ese pajarito?
Muerto.

